Fiestas de Atánquez y el Carnaval en Barranquilla.

PNo gustan los criollos valduparenses que se diga que ellos fueron un palenque de los que el conquistador quiso debelar en 1550. 

Prefieren no recordar que su colonial ciudad fue un lugar de cimarrones, más antiguo que los de Cartagena; un palenque que existió desde los inicios del Siglo XVI, no menos de cincuenta años antes de que Benkos Bioho liderara el levantamiento que condujo a la organización del Palenque de La Matuna en 1601.

No va acorde con su presuntuoso blanqueamiento que se diga que son herederos de los indios y de los negros que se habían refugiado en la región de La Ramada y que incendiaron a Santa Marta en 1531.

No están interesados en que se muestre que el suyo fue un proceso de cimarronaje, y de mestizaje, distinto al que dio inicio a los cien años de guerras cimarronas que se libraron entre Cartagena y el Río Magdalena, que justificaron la Comisión asignada por los gobernadores Martín De Las Alas (1568) y Pedro Fernández de Bustos(1570) para someter a las partidas de negros que hacían imposible el tránsito y el comercio entre Cartagena y Mompox.

Una campaña militar que hizo posible que guiados por La Negra Polonia, quien lo pactó con el español Pedro Ordoñez de Ceballos y con el judío portugués Bartolomé Pérez, como condición para una rendición honorable, los negros y negras cimarrones que acaudillaba esa Negra Brava se asentaran en el Palenque de San Miguel, en los Montes de María.

Fue aquel el lugar desde donde, 140 años después, sus descendientes migraron para asentarse en un nuevo Palenque al que pacificado por el obispo de Cartagena, Antonio María Cassiani, dieron el nombre de San Basilio en 1713, mucho tiempo después del Lumbalú que hizo posible el desprendimiento y el tránsito del ánima del ajusticiado Benkos Bioho al mundo de los dioses africanos en 1621.

Fue aquello ciento y más años después de que los ancestros de La Ramada, y los de los que llegaron fugados desde quilombos de origen kongo y luango, se habían refugiado con los Kanguamos en los alrededores de Valledupar.

Tampoco gusta a los de San Basilio que se diga que otros negros fueron libres, primero que ellos.

Menos les place que se diga que sus ancestros vinieron de La Magdalena, allende en los arrochelados de La Barranca de Malambo, y no de las ciénagas y de la espesura de La Matuna, cerca de la señorial y esclavista Cartagena.

Les causa desdoro saber que vienen de la gesta de una negra española, nacida en Córdoba, avenida con el también cordobés Pedro Ordoñez de Ceballos, con quien transó en batalla y que le concedió, a ella y a Francisco Jolofo, mercedes y hacienda, y no a resultas de la gesta heroica de un macho africano que conquistó con dardos, macanas y arcabuces, un espacio para el palenque en el arcabuco.

No menos les place saberse herederos de una Mora Conversa y no de un Principe Animista. 

De La Negra Polonia y no de Benkos Bioho. Que la historia de que aquella fue parte del ejército del segundo, no es cierta.

Sin embargo, a pesar de lo que a los unos y a los otros les produce incomodidades, allá en las faldas de la Sierra Nevada de Santa Marta, en el Resguardo Kanguamo de Atanquez, agregado que es del Palenque de Valledupar, las Fiestas del Corpus Christi anualmente le recuerdan, a quien quiera leerlo, la existencia de un camino distinto que trae hasta el Carnaval de Barranquilla, a las Danzas de Son de Negros.

Es el camino del cimarronaje que desde Santa Marta, Riohacha y el Brasil, remontó la espesura de la Sierra Nevada y se desplazó hasta el Río Magdalena, los Montes de María y la Sierra de Usiacuri, desde 1630.

Ese día, bailando a la usanza musulmana en la que las mujeres no dejan ver su rostro, cubiertas que son sus cabezas con sombreros encintados, cuadrillas de negros y negritas danzan hacia atrás para no darle la espalda a la Sagrada Forma que es llevada bajo palio y ellas, batiendo sus amplias polleras, al bailar no se tocan con los hombres que golpean el suelo con vigor:

Oh! mi señor Jesucristo oh! señor omnipotente

Oh! mi señor Jesucristo

Oh! señor omnipotente

¡Ay! Santísimo Sacramento llegó el palenque de negros

¡Ay! Santísimo Sacramento Llegóel palenque de negros.

El noveno jueves después del Jueves Santo todos los años sin faltar, por la calles del poblado, a lo largo de las cuales se disponen altares sobre los que cada tanto reposa la Custodia que porta a la Hostia, las cuadrillas bailan en su honor en tanto el cura entona antifonas, las beatas lo acompañan y en el cielo revientan cohetes y fuegos de artificio.

Ay! visitando a los altares con la misma voluntá

¡Ay! visitando a los altares

Con la misma voluntad

¡Ay! con golpe ‘e tamborito yo no te puedo olvidá

¡Ay! con golpe ‘e tamborito

Yo no te puedo olvidá

La procesión se reanuda y los danzantes siguen su baile de espaldas, esperando no tropezar y caer pues es signo de que se morirá en el próximo año. Ellos llevan sombreros adornados con flores y frutos de la tierra y una macoca de tamaño heroico en la mano; y lo hacen al ritmo de un tambor de cuña alta y del vibrar de una lata de corozo a la que le hacen centenares de muescas, tiene más de un metro de longitud, que con vigor es rasgada hacia arriba y hacia abajo usando un hueso, y negros y negras responden en coro a cada invocación:

Llegó el Palenque de Negros a cumplíuna devoción

Llegó el Palenque de Negros

A cumplí una devoción

Mientras tenga el tamborito yo te traigo mi palenque

Mientras tenga el tamborito

Yo te traigo mi palenque

Y en medio las negras van hombres vestidos de mujer, que en el Canal del Dique llaman Guillermina, que en las fiestas del resguardo de Atánquez lo van porque hacen pagamento de promesas hechas para obtener los favores del cielo por la prosperidad, la salud o el bienestar y que se actualizan en estas fechas de la cosecha:

Ay! donde hacen los pedidos rezándote la oración

Ay! donde hacen los pedidos

Rezándote la oración

Y ahora te vuelvo y te pido con la misma voluntá

Y ahora te vuelvo y te pido

Con la misma voluntá

Y así el cantante va contando en versos, los honores al Santísimo a los cuales responde un coro que bate palmas, con el ritmo y la musicalidad propia de las heredadas del Reino Africano del Maní Kongo, cuya Corte Real, Católica y Romana, era copia de la Lusitana y uno de cuyos hijos fue nombrado Cardenal de la Iglesia en 1518:

Ay! Santísima Trinidad échanos la bendición

¡Ay! Santísima Trinidad

Échanos la bendición

¡Ay! vamos pa’un sagrado templo llegó el palenque de negros

¡Ay! vamos pa’un sagrado templo

Llegó el palenque de negros.

Así como bailan las danzas de negros de turbante al son del toque característico del tambor africano, el de las tradiciones de Kongo, cantando los versos que acompañan con palmas y con el golpe seco de las abarcas de laboreo sobre el suelo, blandiendo la macoca amenazante, batiendo las polleras sus mujeres descalzas, por las calles del Barrio Arriba, con su Guillermina al frente, vienen nuestras danzas de negritos este domingo del carnaval.


Por Moisés Pineda Salazar para ZC
 


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