La depresión post electoral existe.

Editorial.

La depresión post electoral, tras la derrota, es un duelo corto pero intenso para la mayoría de quienes aspiraban a ganar un debate electoral pero que al final, dolorosa y lamentablemente, no lograron conseguir la anhelada victoria en las urnas.

Señala en uno de sus artículos mejor logrados acerca del tema, la periodista española Charo Toscano “unas personas pueden sentirse invadidas por una suerte de desánimo ante la vida, falta de confianza en las instituciones electorales, cierta indignación o rabia y también antipatía”. Y finalmente afirma que “se produce en la persona un cuadro de ansiedad, cuyos síntomas principales son aislamiento, ira, irritabilidad, desinterés, amargura, principio de anorexia, insomnio, pesadillas y preocupaciones excesivas acerca del futuro del municipio”.

Aunque no se considere un diagnóstico psicológico valido es conocido en Estados Unidos como Síndrome de Estrés Traumático Postelectoral (PESTS por sus siglas en inglés) y aplica para un municipio tan apasionado en materia política como lo es Soledad, en especial los actores que protagonizan cada proceso eleccionario; algunos de ellos por conservar lo que tienen y otros por conquistar un nicho de poder que les ha resultado esquivo.

“Perder es ganar un poco”, dijo alguna vez quien fuese en su momento el Director Técnico del seleccionado de futbol colombiano, Francisco “Pacho” Maturana. Pero, tras esa aseveración se oculta una realidad que resulta cruel, luego de la faena electoral a la alcaldía inicialmente “uno gana y los demás pierden”, y digo “inicialmente” porque es consabido que en estos menesteres unos ganan para perder, mientras otros pierden para ganar, siendo el elector obrero el cargaladrillos de cada campaña quien arrastrará inevitablemente su depresión post electoral, así sea por un par de días, mientras que los grandes protagonistas es decir: “los candidatos”-lograrán, de alguna u otra manera, sobrevivir en esta carrera acomodaticia.

El mayor peso de ese sentimiento de derrota le corresponderá, inexorablemente, a la línea de soporte de la campaña perdedora; esa que casi siempre deposita sus esperanzas de obtener un puesto administrativo, en el hecho primordial de que su candidato gane.

Podemos concluir que “ser derrotado en política es un acontecimiento normal del ejercicio de la democracia; para que unos ganen, otros tienen que perder. Y las razones para ganar o perder son amplias, variadas e inesperadas, a veces”, por lo que debemos armarnos de optimismo, coraje y paciencia para llevar a la practica un precepto bíblico que ha acompañado por miles de años a la humanidad en este difícil arte de sobrevivir: “Hay tiempo para todo, e incluso hasta para perder y recuperarse”, como dice el libro de Eclesiastés en su tercer capítulo.

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