Así fue mi experiencia de portar el fuego Centroamericano.

Por Fausto Pérez Villarreal.

“Ya tienes otra anécdota más que contarles a tus nietos”, me dijo mi madre Victoria, después de darme la bendición, justo cuando salía de la casa, este sábado 14 de julio, a las 12 del día.

“Dios te acompañe, y no olvides trotar con calma. Recuerda: esto no es una carrera competitiva”, me enfatizó mi amada vieja.

Veinticinco minutos después me encontraba en el sitio establecido: el parque de Los Andes, bajo los inclementes rayos del sol que golpeaban sin misericordia a todo aquel que no se amparara bajo la sombra de la 1 de la tarde.

Llegué puntual, primero que el humorista Joselo y la joven atleta Jhovana Camargo, con quienes compartiría el honor de portar la antorcha con el fuego Centroamericano, como relevistas, en el segundo día del recorrido de ese símbolo deportivo por las calles de Barranquilla, después de transitar por los municipios del departamento del Atlántico. El acto constituye la antesala de los Juegos Centroamericanos y del Caribe, en su vigésima tercera edición, que se desarrollarán en esta ciudad del 19 de julio al 3 de agosto.

Como todavía no había llegado ningún miembro del equipo organizador del evento, las personas que se encontraban allí reunidas manifestaban su incredulidad: “¿Será que cambiaron el recorrido?”, era el interrogante que gravitaba en el aire.

Formar parte del trío selecto que portaría el fuego durante su segundo día en la sede de las justas, fue una emoción que me embargó desde el momento en que el periodista Guillermo Carbonell me comunicó la tan loable misión.

“Pero, ¿por qué yo, si este es un evento para deportistas?”, le pregunté a Guillo, un tanto inquieto.

“¡Hombre!, este no es acto exclusivo para deportistas –me aclaró Carbonell-. El recorrido del fuego está encomendado a personas que se destacan en diferentes ámbitos en la sociedad, incluidos, por supuesto, deportistas”.

Tras varios minutos de explicación contundente, acepté la misión. Sin embargo, no volví a tener más noticias del hecho hasta la noche anterior al recorrido, cuando Dagoberto Escorcia, director de contenidos del equipo de comunicaciones de los Juegos Centroamericanos, me ratificó que yo sería uno de los tres portadores de la antorcha simbólica. La comunicación oficial me la daría minutos después de la llamada de Dago, Margarita Rosa Mendoza Castro, de la Secretaría de Recreación y Deportes del  Distrito.

Concluyo ahora, horas después de cumplido ese trascendental compromiso, que si formar parte del equipo de prensa de los XXIII Juegos Centroamericanos del Caribe Barranquilla 2018 es un honor que ennaltece, ¿qué calificativo se le puede dar al privilegio de portar el simbólico fuego? Realmente, no encuentro los vocablos precisos. Esto es una experiencia con un goce pleno de exquisitez que, en definitiva, hay que vivirla.

El honor, el orgullo y, por supuesto, la alegría eran inmensos. Desde 1946 Barranquilla no tenía a su cargo la organización de unas justas atléticas de esa magnitud.

Luego de recibir la gorra, la camiseta, la sudadera y las indicaciones, por parte de nuestro auxiliar Enrique Bell -en medio de los curiosos que se acercaron al lugar atraídos por la noticia de la presencia del fuego-, empezamos el esperado recorrido pasadas las 2 de la tarde.

Joselo, Jhovana y yo, trepados en una máquina del Cuerpo de Bomberos, acompañados por ‘Baqui’, el anfitrión de los Juegos, iniciamos la marcha. 15 minutos más adelante fui el encargado de descender del vehículo y trotar por las calles, llevando en mi diestra el fuego simbólico, que se hacía más pesado debido al persistente trote. A lado y lado de la vía alcanzaba a divisar a personas de todas las edades que saludaban a mi paso. Mientras corría sentía la sensación de que el corazón se me quería salir del pecho. El sudor formaba minúsculos riachuelos que nacían en mi frente y se deslizaban, raudos, por todo mi cuerpo.

Veinte minutos después, dentro del microbús refrigerado que me recogió, Enrique Bell me informó que yo había corrido mil 200 metros, 200 más que Joselo. “Es una buen tramo”, me dijo Bell. En verdad, no sentí ni el rigor de los metros ni los fuertes latigazos solares. Ahora, en estos instantes, siento un leve cansancio en mi brazo derecho, producto del peso de la antorcha, que fue imperceptible, durante la carrera.

Nuestra meta intermedia, antes de llegar al estadio de béisbol Édgar Rentería, objetivo final de la jornada, fue el parque ubicado frente a la Academia de Natación Eduardo Movilla, en la carrera 54 entre calles 58 y 64. Allí nos tomamos fotos, nos hidratamos y compartimos conceptos sobre esa rica experiencia.

“Esto es de lo mejor que me ha pasado en mi vida”, expresó Joselo, con la voz entre cortada por el esfuerzo realizado. “No me cambio por nadie”, esbozó, a su vez, Jhovana.

Tras la pausa reanudamos la marcha. Buscamos la Vía 40 y luego bajamos en sentido sur, hasta llegar al moderno diamante beisbolero. Junto en ese momento pensé en la grande emoción que deben de sentir los atletas consagrados que portan el fuego olímpico. De inmediato evoqué las palabras de mi madre victoria: “Ya tienes otra anécdota más que contarles a tus nietos”…

Al encender el pebetero, a seis manos juntas, a Joselo, Jhovana y a mí nos quedó la certeza absoluta de que un nuevo y edificante capítulo se había escrito en nuestras vidas.

Llegué a casa agotado, más por el infernal ‘solazo’ que por la caminata y la carga de la antorcha. Quería tirarme a la cama a descansar. Pero mi espíritu de periodista indomable me obligó escribir esta vivencia. Me llamo Fausto y estoy exhausto…

 

 

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