Entre sabores y recuerdos.

Por: Fernando Castañeda García.

Si se le preguntara a muchos de sus comensales, en el municipio de Soledad, por la señora Eufrosina Isabel García Barrios, posiblemente no sabrían responder, a diferencia que si preguntara por ‘La Mona’, la señora que vendía en los bajos del Teatro Colón, mondongo, bistec, butifarras, pasteles, arepa’e huevo, chicharrón, entre otras delicias de la comida costeña, responderían: ¡Claro que sí mi llave! ‘La Mona’, parecía hija del dios Vulcano.

Su historia no sólo está llena de sabores, colores y olores, porque fue forjada en el fuego que se encendía desde las cinco de la mañana, cuando la tía Ismeria Serrano o Miguel Marín, ‘El viejo Migue’, prendían la hornilla de barro para hacer el tinto con el que nos respondían los buenos días.

Contaba que por la precaria situación económica de su familia materna, sólo estudió hasta segundo año de elemental – hoy segundo grado de primaria, y le tocó trabajar desde niña vendiendo cocadas de ajonjolí, de coco y caballitos de papaya en una ponchera de aluminio.

Contrario a lo que se pudiera imaginar la gente, por la robustez de su cuerpo de mediana estatura, era de poco comer. Se tomaba un pocillo de café negro, y cuando llegaba al mercado, después de comprar los insumos para preparar las viandas, se desayunaba con pescado; a la hora del almuerzo y de la comida por la tarde, su plato parecía servido para un niño.

La mesa de madera, donde preparaban los alimentos, medía dos metros de largo por un metro con diez centímetros de ancho, que la llenaban de colores con sus olores característicos, cada uno ocupando el lugar que les asignó el quehacer diario de la cocina. En un extremo el color pálido del cerdo con el rojo bermellón de la carne de res, el crema de la panza y el oscuro color de la pezuña de la pata de la vaca, contrastaban con el verde manzana de la calabaza, el naranja intenso de las zanahorias, el amarillo cromo y los verdes de la ahuyama, el rojo de los tomates, el marrón de la concha de la yuca, y el reluciente color plateado de los filosos cuchillos, le daban a la mesa un cromatismo que desafiaba el paladar.

La hornilla de barro, que era de dos fogones, y los anafes, parecían rendirle culto a Vulcano. Todo era sazón en el ritual del fuego. A las cuatro y treinta de la tarde, carretilla en mano, Marcial Castro, más conocido por el apodo de ‘tabaquito’, transportaba el producto de aquella cocina y el fuego que se apagaba en la casa, La Mona lo volvía a encender cuando se sentaba en su trono frente a la mesa que formó parte de su palacio, durante más de cincuenta años, cerca de una de las de entradas del Teatro Colón.

El área del palacio gastronómico tenía quince metros cuadrados rodeados por una mesa grande donde exhibía las butifarras, chuletas de cerdo, chicharrones, arepas, buñuelos y empanadas que hacía a palmetazo limpio; una mesa pequeña donde estaban la olla con las tiras de carne sumergidas y bañadas en el adobo de la mañana y las dos poncheras con agua para lavar los ´chismes´, a la derecha del trono de La Mona, el dios Vulcano mantenía caliente el tanque con la sopa de mondongo, esperaba el bistec para freírlo y hacía que el aceite caliente jugara a inflar las arepas mientras danzaba al ritmo de las empanadas, los buñuelos de fríjol y las ‘caribañolas. Y el hambre o las ganas de comerse un frito y degustar unas butifarras, se sentaban a la mesa de las viandas para levantarse satisfechas.

Nunca faltaban los comensales en aquel palacio de exquisita sazón, los platos con mondongo y pasteles se paseaban en un ir y venir dispuestos para la fiesta del paladar. Y su señoría el bistec, que primero colocaban en el plato una hoja de lechuga para servirle encima la carne frita al gusto del cliente, después las rodajas de tomate y cebolla que sofreía en el aceite donde se freían los bistecs, que coronaban con yuca, si era para llevar, lo envolvía en una hoja de bijao y lo empacaba en dos bolsas de papel.

Los días sábados y domingos, era un hervidero de gente esperando turno para sentarse, hasta el extremo que en la calle 17, entre carreras 18 y 19, se paralizaba el tráfico vehicular por las familias que llegaban de Barranquilla a Soledad y parqueaban sus carros. Ese par de días parecían establecidos para el disfrute, algo así como un carnaval gastronómico en la mesa y alrededor de ella. Su memoria para retener rostros y recordar lo que cada uno se comía, era impresionante.

Sus comensales jamás imaginaron que aquella humilde y bondadosa mujer nunca le negó un plato de comida a quien lo necesitara-, sólo cursó estudios hasta segundo año de primaria. Para ella nunca importó el número en la fila de sus clientes, sólo sus rostros.

Parecía una calculadora al momento de sacar las cuentas, les decía que se había comido cada uno y el valor exacto. En las décadas de los años 50, 60, 70 y 80, comer donde La Mona, formaba parte del programa familiar para el fin de semana. Hoy forma parte del patrimonio gastronómico de Soledad La Mona, Eufrosina García Barrios, era muy famosa en su época, por su mesa pasaron gobernadores, alcaldes, y hasta un presidente comió mondongo y bistec en su casa; y muchos personajes famosos de la farándula, el deporte y periodistas, entre estos últimos Gustavo Castillo García, quien siempre la mencionaba en su radioperiódico, cuando la noticia tenía relación con Soledad, Gustavo Castillo García, decía: ¡Soledad, la tierra de La Mona García, mi prima¡ De ella queda el recuerdo de su sazón pegado en el paladar de quienes pudimos saborear su gastronomía porque, un día, Vulcano apagó su fuego.

No sé en cuál dimensión del tiempo se encuentre ahora, o si su partida sólo fue un tránsito hacia otro estado de la conciencia. No está entre nosotros, pero siento el tierno olor de su amor y en mi paladar el sabor de su gastronomía, Debo confesar, a los amigos que me sugirieron escribir una crónica acerca de mi madre, que no me fue fácil escribirla porque me tocó combatir con mis sentimientos.

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