La lluvia: el ingrediente que faltaba en la pandemia

Breve repaso a nuestro comportamiento frente al coronavirus.

Por Guillermo León Pantoja.

Como cada año, sin fechas específicas, casi repentinamente y de
manera esporádica llegaron nuevamente las lluvias al Caribe colombiano. Esta vez para sumarse a una circunstancia particularmente extraña, a la inédita contingencia por el coronavirus que nos mantiene bajo cautiverio en nuestras casas. Lo que implica la adición de una nueva dificultad a una situación que ya de por sí es angustiosa.

Las lluvias quizás representen un elemento relajante para quien permanece cómodamente en una vivienda, al abrigo de un buen techo; lejos de los arroyos y sin la necesidad de solventar la vida a diario. De hecho, estas atenúan significativamente el calor en una región cuya temperatura llega en ocasiones a ser insoportable.

Pero para quien debe salir a trabajar cada día o por efecto del pico y cédula realizar sus diligencias y adquirir víveres un día específico de la semana, hacerlo bajo la lluvia es bastante irritante.

Mucho más incómodo resulta para aquellos que residen en viviendas físicamente vulnerables a los aguaceros o que deben resistir los embates de los nuevos arroyos que han aparecido

La lluvia: el ingrediente que faltaba en la pandemia Breve repaso a nuestro comportamiento frente al coronavirus en el municipio de Soledad gracias al incesante crecimiento urbanístico de la ciudad.

Igual suerte corre buena parte de los habitantes de Barranquilla en donde los trabajos de embaulamiento de los arroyos ya existentes, han ocasionado el nacimiento de nuevos y amenazantes causes de aguas pluviales, que tras cada intenso aguacero surcan furiosamente calles y carreras por las cuales no circulaban anteriormente.

Las lluvias complican aún más la emergencia en salud por la cual atravesamos y de ellos todos deberíamos estar muy conscientes; sin embargo, no es raro toparnos en las redes sociales con fotografías de personas bañándose en grupo candorosa y alegremente bajo la lluvia, o jugando un picadito de fútbol bajo la misma, en una calle cualquiera de la localidad, tal y como solíamos hacerlo antes del coronavirus, como si nada estuviese sucediendo. Eso, precisamente, es lo que nos tiene jodidos.

En el Atlántico la soga se rompió precisamente por el lado por el que temíamos que sucediera: por nuestra gente y su idiosincrasia. La indisciplina social, que es el actor más visible de toda esta cadena de acontecimientos erráticos con desenlace fatal, fue y es hoy materia de repudio a nivel nacional.

Si vamos a las cifras, frías pero angustiosas, nuestro departamento aporta el 50% de los fallecimientos por Covid-19 y un tercio de los contagios en el país, suficientes guarismos para atizar con fuerza el fuego de la pandemia en Colombia, algo de lo cual obviamente no estamos orgullosos pero que tampoco nos sorprende, ya que sospechábamos sería así debido a una serie de razones que trataremos de analizar.

HACINAMIENTO Y CALOR

Las razones son muchas, pero quizás una de las más patéticas es el hacinamiento. Soledad, según cifras extraoficiales, tiene una población mucho mayor a la del último censo, más de un millón de personas en lugar de las seiscientos cincuenta mil que dice el DANE. De manera que estamos hablando de al menos un millón de personas encerradas y apretujadas en tan solo 64 kilómetros cuadrados, soportando temperaturas muchas veces de hasta 40 grados a la sombra.

Tal escenario no puede menos que estimular lo que hemos optado por llamar indisciplina social y que no es más que la permanencia en las calles de muchísimas personas, lo que potencializa el contagio contribuyendo a que nuestro territorio le aporte a la pandemia en Colombia cifras
similares a las que presentan localidades bogotanas como Bosa o Engativá, cuya densidad poblacional es parecida e incluso peor; pero donde el factor climático juega notoriamente a su favor.

En Soledad observamos barrios cuyas casas estrechas se encuentran adosadas una a la otra, sin caja de aire, sin aceras, sin áreas verdes; algunas hasta sin servicios públicos, sin alcantarillado y sin pavimentación. El tan solo hecho de agolparse en las terrazas convierte una calle en una reunión multitudinaria donde no hay distanciamiento humano posible.

HAMBRE VS CORONAVIRUS

El panorama es más gráfico si recordamos la absoluta necesidad de subsistir de la gente. Más del 70% de la población de Soledad apta para laborar no tiene un empleo formal; de manera que no nos extraña que miles de habitantes traten de rebuscarse la comida diaria de alguna manera y para ello evidentemente deben salir de sus casas.

Un caso muy claro es el del motocarrismo, entre el 10% y el 20% de los soledeños sobreviven gracias a ese sistema de transporte no homologado que aglutina no menos de 5 mil vehículos cuyo usufructo directo da de comer a no menos de 10 mil familias, sin contar las que indirectamente viven también de esa actividad.

En ese contexto la esperanza de que se obedezcan las medidas de cuarentena, y mucho más el estricto aislamiento social, son bastante improbables y todos estos son factores que contribuyen a disparar los contagios.

Está claro que la forma de contener el virus es quedándonos en casa. Pero siempre y cuando las condiciones al interior de la misma nos lo permitan. Cada ciudadano vive su propia tragedia personal, esta es única y particular.

En el caso de la mayoría de los soledeños el calor, la falta de espacio, de recursos, el hambre y la incertidumbre juegan en contra de ellos. Pero aun siendo así se trata de una minoría la que mantiene una actitud irresponsable, la inmensa mayoría acata como puede las medidas gubernamentales.

LA GENTE A RESPONDIDO EN LA MEDIDA DE SUS POSIBILIDADES

Más allá de aspectos culturales o de idiosincrasia, de la mentalidad festiva de nuestros habitantes, del sempiterno carnaval mental de muchos, de la brutal infodemia desatada en las redes sociales imponiendo matrices de opinión basadas en teorías conspirativas alrededor de la existencia o no
del coronavirus, así como de su mortalidad.

Lejos del cartel del Covid-19, de las historias urbanas de “gente escapándose de las clínicas para evitar supuestamente ser asesinados para hacer crecer el número de muertes por el coronavirus” y toda esa sarta de idioteces, que no hacen más que contribuir a la desinformación; pero que han desnudado nuestro grave problema de educación tanto académica como ética y moral, la mayor parte de los soledeños ha acatado las normas y se ha subordinado a las necesarias medidas de prevención adoptadas por el gobierno nacional, departamental y local lo que tira por la borda la creciente estigmatización de nuestra gente.

CORONAVIRUS PASADO POR AGUA

Sin embargo, las cifras están allí y el coronavirus acecha en cualquier lugar. Todo lo anterior agrava el cuadro de nuestra población que ya empieza a sentir los efectos psicológicos del confinamiento y de la certeza de la mortalidad que implica la pandemia con su correspondiente dosis de autosugestión que hace creer a todos que padecen la enfermedad, lo que congestiona aún más el, para nada estupendo, servicio de salud ofrecido por el estado a través de las siempre sospechosas EPS. Encima ahora hay que sumarle el tema de las lluvias y todo lo que ello acarrea.

Sé el primero en comentar

Deja un comentario

Tu dirección de correo no será publicada.


*